LA EROSION DEL PERIODISMO GENUINO EROSIONA EL DEBATE DEMOCRÁTICO Y LA SOCIEDAD.
LA EROSION DEL PERIODISMO GENUINO EROSIONA EL DEBATE
DEMOCRÁTICO Y LA SOCIEDAD.
La figura de la
“periodista-periodista” que muta en “periodista-candidata” no es nueva, pero sí
resulta cada vez más visible. El tránsito, inicialmente sutil, se disfraza de
opinión o de “compromiso ciudadano”. Sin embargo, pronto se pasa al activismo parcializado
y se da el salto de la línea editorial de un medio a una plataforma personal.
Luego aparece la
“candidata-candidata”: ya no hay ambigüedad, pero el daño está hecho. La
audiencia, que confió en una voz informativa, descubre que consumía una
narrativa con intereses particulares, empresariales o partidistas. El problema
no es aspirar a cargos públicos, sino haber instrumentalizado el periodismo
como trampolín.
El resultado es una suerte de
“Frankenstein” ético: una figura híbrida que, tras justificar su metamorfosis,
pretende que lo acaecido, no tiene consecuencias funestas, que no pasa nada
pese a la caída desde el pedestal que debería tener el periodista para caer
como simple agente sesgado a sus propios intereses, y pretende regresar como
“ex-candidata-periodista” a ejercer el mejor oficio del mundo, como lo calificó
Gabo, sin más mínimo rubor.
Nada que ver con lo que advertía
Ryszard Kapuściński: “El deber de un periodista es informar, informar de manera
que ayude a la humanidad y no fomentando el odio o la arrogancia. La noticia
debe servir para aumentar el conocimiento del otro, el respeto del otro”. Por
lo contrario, el objetivo es fomentar el odio hacia unos en beneficio propio.
Pero es que la objetividad y la
independencia no son accesorios, son la esencia misma del periodismo, para
disfrazar de objetividad se acude a una suerte de alquimia argumentativa para
encubrir posturas que no son más que sesgos individuales en procura de un
interés particular.
Se cae entonces al abismo sin
fondo de una “relativización de la ética periodística” y se apunta a una
transformación deliberada del discurso para justificar lo injustificable. Se
trabaja con audacia casi desvergonzada en una “alquimia argumentativa” que
busca convertir opiniones en hechos, intereses en principios y agendas
personales en supuestas verdades objetivas. Es, en esencia, una manipulación
retórica que busca dar apariencia de rigor a lo que en realidad responde a
conveniencias particulares.
No sorprende que se llegue a
hablar de “periodismo podrido”.
Cuando se confunden los roles, se
deteriora la confianza pública. Y de allí surge una conclusión inquietante: si
hay periodistas y medios que se corrompen, también pueden contribuir a
corromper no solo el debate democrático, sino la sociedad misma.
Por Mauricio Núñez- abril-2026
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